Hoy no me despiertan los intercambios de palabras cerca de mi cama. Tampoco lo hace el desagradable pitido de la alarma del despertador. Ni siquiera el impacto cuando caen las canicas al suelo de los pequeños del sexto piso lo consiguen.
Hoy, sin más, me despierta el silencio.
Entonces, me distraigo mientras me pongo a calificar cada día de esta semana. Y sin darme cuenta, extraigo mis propias conclusiones.
Como se está con los amigos, no se está con nadie.
Como un sábado entero fuera de casa con ellos,no hay nada.
Nada como unas risas, unos consejos, unas bromas, unas fotografías que capturan los momentos, unas pequeñas historias que compartir, un intercambio de miradas, y un sentimiento de máximo disfrute.
Lejos, muy lejos de las preocupaciones, de los agobios, de peleas y frustraciones, de decepciones, de desamores, de sentimientos negativos que si te vienen a la cabeza, se esfuman con el ruido de unas fuertes carcajadas.
Y ahí, justo en ese momento, es cuando me doy cuenta de lo que tengo. Nada que ver con lo que podría tener hace un par de años. La pregunta no es qué ha cambiado, sino qué es lo que no ha cambiado.
Ahora son muchas más las cosas que me hacen sentir bien.
Son más las ganas de planear cosas nuevas y romper la rutina.
Y aunque a pesar de que nunca estará de más una tarde sola, lejos de la gente, espero no tener que necesitarla.
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